De 1989 recuerdo poco, apenas nada: telediarios, Informes Semanales, fotos de señores con bigote sobre un muro; poco, apenas nada.
En 1999 tuve la suerte de conocer, de coincidir, de compartir parte de mi vida, de mi s mañanas nevadas de invierno, de mis noches calurosas de verano, de mis escapadas al a playa, de mis tardes de tapas por Granada, del sonido de las teclas del piano de García Lorca, de viajes en coche hacia el poniente, de días de alegría inusitada, de noches de insomnio y guijarros en los pies, con más de un alemán, con más de una alemana. Ellos habían vivido la caída desde cerca (mis queridos, adorados, lejanos ya berlineses), con sus ojos de niños, de niñas sorprendidas. Hablaban de la reunificación, de los impuestos, de una Alemania para mí entonces desconocida.
Después tuve la suerte de conocer ese país, las ciudades de Munich o Berlín, los fragmentos del muro que ahora no exite, que se salda a trozos en las tiendas de turistas por tres, siete, catorce euros (con certificado de autenticidad, por supuesto).
En 2009 se cumplen veinte años de la caída de un muro que, por una vez, fue no solo mental, sino físico.
Últimamente he dado muchas vueltas respecto a mi biblioteca, a la utilidad real y práctica de conservar todos los libros leídos, a la capacidad de memoria de un e-book y la posibilidad de tener en él la Biblioteca de Alejandría (o su hipotética reconstruccion). En esas divagaciones me encuentro con esto (de este blog) - qué pensaría mi querido Borges-:
Tomo prestada una idea salida de dos textos de Borges: “La biblioteca de Babel” y “La biblioteca total”. Mucho se ha escrito sobre el primero, un poco menos sobre el segundo. Con diferencias, en ambos textos se menciona la posibilidad de una biblioteca que contuviera a todos los libros, escritos o por escribirse, mediante un método que ahora llamaríamos fuerza bruta: agotar todas las combinaciones posibles de caracteres. En ella,
cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro.
No es absurda la idea: los libros de más de 410 páginas ocuparían varios tomos; un libro de 100 páginas tendría las últimas 310 páginas formadas por espacios en blanco. En “La biblioteca total”, Borges sugiere, siguiendo a Huxley (no sé si abuelo, padre, o cuál de sus hijos) que los libros podrían estar generados al azar, por un mono inmortal, provisto de una máquina de escribir. La cantidad de libros distintos que podrían generarse es inmensa, pero finita. Ahora bien, podríamos imaginar que esos libros se generasen por computadora, mediante algún algoritmo (nota mental: idea para un próximo post; no afanarVer algoritmo), y se guardaran en formato “texto plano” (como el nano o gedit de GNU/Linux o el Bloc de notas de Windows). La pregunta es ¿qué cantidad de almacenamiento necesito? ¿Cuántos TeraBytes? (El prefijo teramonstruo. Creo que a Borges le habría gustado.) ¿Cuántas “letras” (caracteres) hay? Siguiendo de nuevo a Borges, en “La biblioteca total”: significa, en griego,
El número de tales elementos -letras, espacios, llaves, puntos suspensivos, guarismos- es reducido y puede reducirse algo más. El alfabeto puede renunciar a la cu (que es del todo superflua), a la equis (que es una abreviatura) y a todas las letras mayúsculas. Pueden eliminarse los algoritmos del sistema decimal de numeración o reducirse a dos, como en la notación binaria de Leibniz. Puede limitarse la puntuación a la coma y al punto. Puede no haber acentos, como en latín. Afuerza de simplificaciones análogas, llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar: en todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca Total, de tamaño astronómico.
Me permito una licencia: supondremos las 27 letras del español (incluida la w), más el espacio, el punto, la coma, el cero y el uno. Total: 32 caracteres distintos, un par más de los propuestos por Borges. ¿Cuántos caracteres conforman un libro? 410 págs * 40 renglones/pág * 80 caracteres/renglón= 1.312.000 caracteres Para saber cuántos libros distintos hay, habría que conocer de cuántas formas es posible combinar los 32 caracteres para formar series de 1.312.000. Respuesta: 321.312.000. Simplifiquemos: 321.312.000=25*1.312.000=26.560.000 Se sabe que la cantidad de caracteres en texto plano equivale, por lo general a la cantidad de Bytes. Para saber cuántos TeraBytes ocupará, hay que dividir por 240. Así es que la “Biblioteca Total” ocupará (1.312.000 * 26.560.000 )/ 240 = 1.312.000 * 26.559.960 TB La respuesta a esta potencia se nos escapa, es demasiado grande. Sin embargo, podemos expresar dicho número como potencia de 10: 26.559.960=10x log(26.559.960)=log (10x) 6.559.960 * log2 = x * log 10 6.559.960 * 0,30103 = x * 1 1.974.745 = x Es decir que la biblioteca total ocuparía aproximadamente 1.312.000 * 101.974.745 TB. Si suponemos 1.312.000 = 106, tendermos que la biblioteca ocupa aproximadamente 101.974.751TB, es decir, un número uno seguido de 1.974.751 ceros. Es difícil pensar números tan grandes, encontrar puntos de comparación. A mí se me ocurre uno: si alguien se tomara el trabajo de escribir el número y guardarlo como texto plano, ese archivo no cabría en un disquete de 3,5”… (Respecto de los números tan grandes, Adrián Paenza tiene sabrosísimos ejemplos “aptos para todo público”.) ¿Llegaremos algún día a semejante capacidad de almacenamiento? Todo hace pensar que no, toda vez que estamos hablando de un número mucho mayor a la cantidad de electrones que hay en el Universo…
Pero… ¿hasta dónde llegará? Me acuerdo cuando me instalé el Monkey Island en mi AT286; venía en 12 disquetes de baja densidad, ocupando unos 4 Megabytes… Ni siquiera habíamos oído hablar nunca de Gigabytes, mucho menos de Terabytes. Prometo volver a leer este post en un par de años, a ver por dónde andamos…
Me permito difundir desde aquí el siguiente artículo sobre educación de Diego Sánchez Aguilar; ahora llega otro momento en el que tomar posiciones, otro momento para decir las cosas.
Hasta los mismísimos 18
Imagino que todos conocen el último globo sonda puesto en la órbita mediática por el señor Gabilondo: ampliar la edad de permanencia obligatoria en la Enseñanza Secundaria hasta los 18 años. Al parecer, según las opiniones escuchadas en telediarios y leídas en la prensa escrita, todo el mundo está encantado con la propuesta. Los padres, porque pueden prolongar dos años más el servicio de guardería que muchos de ellos entienden que es un centro de Educación Secundaria; los sindicatos, porque aumentarían las plantillas de profesores; el Gobierno, porque reduciría las alarmantes cifras de paro.
Sin embargo, cuando he comentado esta noticia con otros compañeros de la docencia, las reacciones distaban mucho del entusiasmo. Todos, absolutamente todos los “encuestados” lo consideran un disparate de dimensiones catastróficas. Algunos, incluso, se plantean seriamente dejar la profesión si dicha medida llegara a implantarse. Y todos nos hemos lamentado, otra vez, por el hecho de que nadie, nunca, jamás, nos haya preguntado nuestra opinión, nos haya pedido esa información de primera mano que solo un profesor (no un pedagogo, no un sindicalista, no un político) que vive díaa día en las aulas puede aportar para mejorar la calidad de la enseñanza.
Sentido común. Es lo único que pedimos, es la revolución más urgente, la más radical. Sentido común para mejorar la enseñanza. Ya sabemos que esa cualidad ha sido extirpada de nuestra clase política. No creo sea necesario hacer un listado de ejemplos. Y el sentido común brilla por su ausencia cuando, en un ejercicio paradójico digno de la mejor poesía mística, el señor Gabilondo considera que nuestro Bachillerato (libre, no obligatorio) es muy poco “flexible”, por lo que lo más lógico sería hacerlo “obligatorio”, cuando, como todos sabemos, la obligatoriedad es el epítome de la flexibilidad.
Sentido común. Los que lidiamos cada día en un aula intentando que nuestro jóvenes aprendan y se formen como ciudadanos responsables, sabemos que el mayor problema de nuestra educación, que la causa del elevadísimo fracaso escolar y de la violencia en los institutos, es consecuencia directa de la ampliación de la obligatoriedad desde los 14 de antaño a los 16 actuales. Cuando amigos no docentes de mi generación (1974) me preguntan, asombrados, cómo es posible que hayan cambiado tanto los adolescentes en tan pocos años, les tengo que explicar algo que nadie parece querer escuchar. No es que los jóvenes de ahora sean intrínsecamente malos y violentos. Es mucho más sencillo. Es que antes, cuando un joven de 14 años odiaba la escuela, los libros, el conocimiento abstracto y quería hacer algo práctico, podía. No entraba en el Bachiller, sino en una FP en la que podía aprender un oficio. Así de sencillo. Ahora no pueden. Deben permanecer, contra su voluntad, hasta los 16 y están enfadados y, se lo aseguro, nos lo hacen saber. La violencia es creada por la represión y la obligatoriedad. Les cuento un caso que muchos de sus amigos profesores podrán refrendar con su experiencia: una de las peores, violentas, maleducadas y malhabladas alumnas a las que tuve el placer de intentar enseñar las bondades de la lengua y la literatura, que desde los 13 años reventaba sistemáticamente las clases con un estilo muy cercano al de la niña de El exorcista, cumplió los 16; entonces dejó el instituto, se puso a trabajar en una cafetería y ahora, cuando me sirve un café, lo hace con una sonrisa, con educación, feliz de no tener que estar 6 horas sentada en un pupitre escuchando cosas que no le interesaban. Sí, lo ideal sería que le hubiera interesado, pero es que no todo el mundo puede o quiere estudiar. Es así de sencillo. Eso sí es flexibilidad. Y, además, si esta chica quiere volver ahora al sistema educativo, puede hacerlo a través de muchas vías: educación para adultos, educación a distancia, exámenes libres de ingreso a las diversas vías del sistema educativo. Si hubiera podido salir a un Ciclo Formativo a los 14 años ella hubiera sido más feliz, no hubiera sido tan violenta; y sus compañeros que sí querían estudiar hubieran sido más felices, y habríamos tenido menos violencia en las aulas. Esto es sentido común. No tiene nada que ver con un partido político o con otro. El sentido común también es detectar el problema y solucionarlo: crear más centros de Formación Profesional y que los alumnos que lo deseen puedan entrar en ellos a partir de los 14 años, creando mecanismos que permitan la posibilidad de reingresar en la enseñanza secundaria encaminada al Bachillerato si el alumno así lo deseara.
Sin embargo, hasta ahora, el problema de la violencia y el fracaso escolar en la era LOGSE se ha analizado, por políticos y pedagogos de la siguiente manera: los jóvenes son más violentos porque los profesores no hacen nuestros cursos para la resolución de conflictos, porque los profesores no entienden las necesidades e intereses diversos de los jóvenes, porque los profesores pretenden enseñar unos conocimientos alejados del mundo motivacional de los alumnos; porque pretenden, por ejemplo, disparate sin igual, enseñar la literatura, con libros, en pleno siglo XXI; porque las matemáticas son demasiado abstractas; porque la Historia demasiado antigua; porque la filosofía demasiado teórica. Hagamos la prueba del algodón del sentido común a este discurso imperante en la educación. ¿No será la mejor manera de atender a las necesidades e intereses diversos dejar que los alumnos elijan esas necesidades e intereses? Si el alumno tiene la necesidad y el interés de aprender un oficio práctico, ¿no deberíamos crear más centros y ramas profesionales que dieran respuesta a esos intereses? ¿No sería eso la más eficaz resolución de conflictos? Una joven de 16 puede decidir cosas tan importantes en su vida como son casarse, abortar, tener hijos; pero creo que tiene la misma importancia que una joven que no quiere estudiar pueda decidir, y no a los 18, ni a los 16, sino a los 14, si quiere permanecer en una institución que no le aporta nada, que le está robando años de su vida o si, por el contrario, quiere aprender un oficio de forma práctica. Alguien pensará que a los 14 años un adolescente no sabe lo que quiere. Tienen razón, pero lo que sí saben es lo que no quieren. La obligatoriedad tiene que ir acompañada de alternativas y así tal vez les pongamos más fácil a los chicos saber, al menos, lo que prefieren.
Por tanto, la propuesta del señor Gabilondo supondría una degradación terrible de nuestros centros de enseñanza. La violencia de unos alumnos que, ya desde los 13 o 14 años rechazan visceralmente la educación, crecerá hasta límites alarmantes cuando estos tengan 17 años y estén encerrados contra su voluntad en un instituto que nada les aporta. Si ya, ahora mismo, hay alumnos en 4º de ESO que tienen nada menos que 21 asignaturas pendientes de cursos anteriores, imagínense qué provecho sacarían (ellos y nosotros) de estar dos años más sentados durante 6 horas ante nosotros, sus enemigos (y con razón, pues los obligamos) los profesores.
Solo si esa propuesta incluye una partida presupuestaria enorme, destinada a la proliferación de centros de Formación Profesional, y solo si esa propuesta incluye la posibilidad de que el joven (obligado a permanecer hasta los 18) pueda entrar en dichos programas ya desde los 14, solo si eso ocurre, deberíamos considerar esta una buena ley para el futuro de nuestros hijos. La comparación con Alemania, esgrimida como argumento irrefutable de la bondad de esta propuesta, oculta un dato sin el que carece de sentido: la inmejorable oferta y calidad de sus centros de Formación Profesional. No nos dejemos engañar. Cuando llegue el momento de firmar, estos dos criterios tienen que estar bien claros. De lo contrario, si se pretende aprobar una ley que solo adorne la extensión de la obligatoriedad hasta los 18 con vagas promesas sin presupuestar, propongo a todos mis compañeros que hagan escuchar su voz. Tendremos que ser nosotros. Los sindicatos aquí no nos van a defender, a no ser que todos amenacemos con retirar nuestra afiliación. El sentido común ha de tener su voz.
No fue Buster Keaton, ni Peter O'Toole. Tampoco Cary Grant o Peter Sellers. No fue ni tan siquiera Paul Newman, Humphrey Bogart o James Stewart.
Fue tan solo José Luis López Vázquez.
Hizo teatro.
Hizo el cine que le toco hacer en este país, y salió airoso (que no es poco decir).
Acompañó mi niñez, mi adolescencia, mi vida entera. Lo hizo en b/n y en color, entre extranjeras y junto al tío-abuelo de mi amigo David, en tardes y tardes de sábado. Mi vida entera.
Entre todas las maravillas que, como saben, pueden encontrar en cada número de esta revista, en este número 25 pueden leer mis traducciones de algunos poemas de Raymond Bozier y de Claude Beausoleil.
Me hablaba de Moscú o de Dubrovnic, de todas las ciudades que nunca vimos juntos. Estaba pálida como una víctima propiciatoria de una vieja película de miedo, o de un retrato de Guirlandaio o Boticelli, aquellos que adornaban las paredes y puertas de su casa, entre botellas, monopolys y manojos de compactos piratas dispuestos sobre el suelo como un extraño pentagrama que invocase los restos de una civilización lanzados a las llamas por pura diversión adolescente. Machacaba pastillas y afirmaba –inverosímil- mente- que eran usos cotidianos en todos esos sitios lejanos como inviernos inconcebiblemente fríos, demasiado lejanos para comprobarlo. “¿Quieres?” me decía. “No, no”. Se concentraba en su agujero y yo en el mío, y era como vivir una sesión de espiritismo, pero inverso, en que esperábamos que apareciese más tarde que temprano, alguien real, lo suficientemente real.
Afuera bien podía dormitar un paisaje devastado. Las seis de la mañana, una hora perfecta para sobrevivir aquí en el suelo, rodeados de todos estos objetos inservibles que no nos llevarán muy lejos; y nos amamos en el centro exacto, como quien dice, de una rosa de los vientos que presidía el mapa de todos los lugares en los que nunca vamos a volver a encontrarnos.
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De Quemando a los idiotas en las plazas, de José Daniel Espejo.
TODOS LOS DÍAS
Cuando alguien responde tú no tienes ni idea de nada es que has dado en el clavo y como cada vez que alguien da en el clavo has hecho daño. Es el momento perfecto para decir tampoco tú me conoces, como si tú también hubieses sido herido en esa batalla gratuita que nadie sabe quién empezó pero en la que conviene no salir derrotado, ni rendirse.
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De Una canción en la memoria, de Héctor Castilla
S/T
Mira las palabras, mira cómo juegan y se ríen de nosotros, de nuestras ganas de teorizar sobre cómo se comportan.
Hablamos de estar desechos y se nos olvida que hubo un tiempo en que realmente éramos plenos, totales y absolutos como un puzle terminado y enmarcado.
Es cierto que nuestro gobierno no censura, como sí lo hacían gobiernos dictatoriales anteriores; nuestro país es ahora mejor, sin duda, mucho mejor, mucho más mejor, así que nos "aconsejan" paternal (¿maternalmente?) que no veamos películas tan violentas.
Quizá se les escaparon años anteriores las otras cinco películas de la saga, quizá no lo consideraron necerario con el cine de Tarantino (ya veremos qué sucede con la prometida Kill Bill 3), quizá deberían también "aconsejarnos" no ver otras películas (no todas nacionales, no sean malpensados) por hacer apología de la estupidez de directores, guionistas e intérpretes.
El gobierno no censura, tampoco quema libros (todavía), pero recuerdo cuando, tiempo atrás, existía una lista de libros prohibidos (Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum) entre los que se incluía, por ejemplo, Amar y sufrir, de Santa Teresa de Jesús.
Tambien los encontrarán en la magnífica revista Hache.
miércoles 21 de octubre de 2009
Una ciudad que tuviese conexión wifi en todas sus calles, en todos sus rincones.
Una biblioteca virtual gigantesca, recuperación y ampliación de la de Alejandría, que permitiese descargar copias de todos sus ejemplares.
Una lectura universal y continua de los clásicos, de las novedades editoriales, de los horrendos argumentos mediáticos de los Planeta, de las maravillas escondidas entre las líneas de Conrad.
Una ciudad abierta, aun siendo otoño.
Pero llueve. Pero se va la luz. Pero el papel de los libros de Alfaguara no me calma esta tarde.
Acechan sombras y bombillas de bajo consumo entre los resquicios de lo que queda de octubre.
He bajado esta tarde a compar cartuchos de tinta, pues se me habían agotado todos los que tenía o creía tener en casa.
Cartuchos de tinta roja. Cartuchos detinta verde. Cartuchos de tinta negra.
Hace ya años que uso solamente esos cartuchos. Hace ya años que los tengo que encargar meses antes, pues apenas quedan papelerías en mi ciudad en las que vendan tinta para estilográficas que no sea de color azul.
Cartuchos detinta negra. Cartuchos de tinta verde. Cartuchos de tinta roja.
La Nini Inoxcrom con tinta roja. La Waterman con tinta verde. La otra Waterman con tinta negra.
Qué contradicción de nuevo seguir escribiendo a pluma.
He subido esta tarde a casa con mis preciados (en todos los sentidos) cartuchos de tinta y he sentido qué pena de mis estilográficas.
Contradicciones:
1) "La tinta electrónica o papel electrónico es una tecnología que permite crear pantallas planas, tan delgadas como un papel, y con una flexibilidad que permite que se puedan enrollar. Estas pantallas por el momento solo pueden representar información en blanco y negro y no permiten visualizar imagen en movimiento."
2) Últimamente solo escribo en mi portátil. Es cierto.
3) Últimamente solo escribo en mi portátil y en las pizarras (no electrónicas). Es cierto.
4) Últimamente solo escribo en mi portátil , en las pizarras (no electrónicas) y en los márgenes de las palabras que no aparecen aquí escritas.
Deshacerme de mi biblioteca y sustituirla por un e-book. Un precioso aparato electrónico con el que pasear por El Retiro llevando bajo el brazo la mayor de las bibliotecas que jamás pude imaginar.
La estación de Atocha desierta a las ocho de la mañana. El viaje íntimo de la locura, de Robe Iniesta, agotado en todas las librerías de Plasencia el primer viernes de octubre.
La distancia, que no se mide en kilómetros, sino en Megas.
El jersey de Prada de Christina Rosenvinge.
El deseo del papel que todavía permanece, que hace que siga enviando libros incompletos a lugares lejanos y cercanos.
Los millones de odradeks que aparecen en los rincones de las calles por las que paseamos.
He ganado la luz. O quizá haya sido ella quien me ha ganado.
La luminosidad de los soles del Planeta Cero es inabarcable. La luminosidad de sus soles es intensa, tanto que no permite el fenómeno de difracción. No existe ente lo suficientemente miserable como para no proyectar sombra en este Planeta, para forzar curvas visuales.
Por eso el Planeta Cero es también oscuro, y casi siempre es de noche. La noche en el Planeta Cero trae también luz lunar que se mete en nuetro cuarto y nos ilumina en la cama. Una luna inombrable, una luna redonde siempre.